Un Minimarket con Calor de Hogar.
Las luces parpadeantes del local se reflejaban en el pavimento mojado, anunciando la llegada de la noche y de la tormenta que se avecinaba. Luisa, con su delantal manchado y una sonrisa cansada, acomodaba las últimas cajas de carne en la cámara de frío. Al otro lado, en el mostrador, Elena, su socia de negocios y compañera de toda la vida, revisaba las cuentas con la mirada perdida.
"¿Ya revisaste la lista para el pedido de mañana, Elena?" preguntó Luisa, secándose las manos en el delantal. "Necesitamos más papel higiénico y esa marca de galletas que a las tías del colegio les encanta"... Elena suspiró, dejando caer la calculadora sobre el mostrador. "Sí, Luisa, lo sé. Pero es que... ¿cómo vamos a pagarlo? Las ventas han estado bajas últimamente, y con esta lluvia..." Su voz se desvaneció, reemplazada por el sonido de la lluvia golpeando la ventana.
Luisa la miró, entendiendo la angustia en su voz. Habían abierto el minimarket hacía más de cinco años, un sueño compartido que se había convertido en su sustento y su hogar. "Tranquila", dijo Luisa, acercándose a ella. "Ya encontraremos la manera. Siempre la encontramos y ésta no será la excepción".
De repente, el portón del minimarket se iluminó de golpe. Era Don Carlos, un anciano del barrio. "Buenas noches, chiquillas", dijo con una sonrisa. "Solo venía a decirles que no se desanimen. La gente de este barrio sabe que aquí siempre encuentran lo que necesitan, llueva o truene. Y que me imagino que este frío no es bueno para sus estómagos. ¿Tienen los huesitos de cazuela de la que me gusta?"... Los ojos de Luisa y Elena se iluminaron. "Claro que sí, Don Carlos", respondió Luisa, dirigiéndose a atenderlo. "Para usted, siempre hay cazuelita".
Mientras le despachaba el pedido, Luisa se dio cuenta de que, a pesar de las dificultades, no estaban solas. Tenían a sus clientes, su amistad, y el espíritu inquebrantable de seguir adelante, incluso cuando el cielo amenazaba con romperse. El minimarket, más que un negocio, era un punto de encuentro, un refugio en medio de la tormenta, donde la solidaridad y la buena platica se convertían en las provisiones más valiosas del barrio.
¡Gracias por acompañarnos en estos largos 5 años!
Atte, Las Peruanas Luisa y Elena.